La iglesia es otro Cristo: reflexión de cuaresma


Por José de León

La visión más alta de la historia

Nuestro Señor quiso que su sangre fuese el precio de la redención y de la formación de la iglesia, la nueva arca de la salvación prefigurada por el Arca de Noé, fuera de la cual no hubo salvación. Todos los que a ella no subieron, perecieron. Fundó la iglesia sobre San Pedro y promulgó el Evangelio, a fin de que únicamente quienes fueran bautizados y guardaran la fe, fueran salvos. “El que fuere bautizado y creyere se salvará, mas el que no creyere se condenará”(Mc. 16, 16). Sin embargo, hay un elemento que el hombre moderno, incluso el hombre piadoso, frecuentemente pasa por alto o definitivamente, ignora: sea por ignorancia religiosa o por la pereza intelectual que caracteriza al “católico” de hoy, o sea por la complicidad que el “sacerdote” tiene con ese defecto en su grey.

El elemento clave: la integridad de la fe

El elemento clave es que la fe debe guardarse íntegra y sin mancha, so pena de comprometer la salvación, es decir, la vida eterna. Papa Gregorio XVI, Mirari vos, # 13, 15 de agosto de 1832: “Si dice el Apóstol que hay ‘un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo’ (Ef. 4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, ‘están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo’ (Lc. 11, 23) y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual ‘es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha’ (Credo Atanasiano)”.). De esta manera, se entiende la herejía como el peor de todos los males (“Es un hecho cierto y bien establecido que no hay ningún otro crimen que ofenda tan gravemente a Dios ni le cause tanta ira como lo hace el vicio de la herejía”, afirma el Papa San Pio X, en Editae Sapae), ya que arranca las ovejas del rebaño del Buen Pastor. Naturalmente, para su contraparte, el demonio y su ejército, esa pérdida no es sino un triunfo temporal, efímero, aunque por su implicancia: eterno; es motivo de “regocijo”, para Lucifer y sus aliados más cercanos: los herejes, quienes promueven una doctrina diferente a la que enseñó el Divino Salvador.

Cada vez que un católico acepta, conscientemente y no por error “material”, una doctrina herética, el infierno gana un miembro (irrecuperable si ese hombre muere en estado de herejía); el cuerpo místico de Cristo pierde una oveja amada, y viceversa.

Sin temor a simplificar en extremo la realidad, se puede afirmar que a este punto o bajo este prisma de análisis, se resume casi toda la historia. Si se estudia la historia y se revisa la actualidad desde su perspectiva más alta, todo acontecimiento pasado o cualquier situación en curso, puede analizarse y resumirse como la pugna entre estas dos fuerzas inevitablemente opuestas: la fuerza salvadora de la iglesia y las fuerzas diabólicas de los herejes, llamados las “puertas del infierno”. Enseña el Papa Vigilio, en el Segundo Concilio de Constantinopla, 553: “… tenemos en cuenta lo que fue prometido para la Santa Iglesia y Aquel que dijo que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (por ellas entendemos que son las lenguas mortales de los herejes)”(1). La batalla, como es lógico, se libra por cada oveja del rebaño, por cada alma que se salva o se condena. Ese es el campo de batalla por excelencia entre el bien y el mal y el eje por el cual se explica la obra del Creador. El ámbito de la salvación o condenación eterna de las almas es el prisma que permite comprender los acontecimientos en su más alta perspectiva.

El Concilio Vaticano II: el mayor éxito del demonio desde la persecución a Cristo

Entendida así la lucha entre el bien y el mal ―entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas― es dramático constatar que el Concilio Vaticano II sin duda alguna, constituye el mayor éxito estratégico de la causa de lucifer y los herejes, desde la persecución a Cristo. El conjunto de las herejías emanadas desde la pluma del demonio y escritas en las actas que, a su servicio, dispusieron y autorizaron con su sello, Juan XXIII y luego Pablo VI, generó toda una “eclesiología” nueva, diametralmente opuesta a la enseñada por los legítimos sucesores de San Pedro. De ese conciliábulo, se originó una religión nueva y herética. La extensión de la evidencia es de tal magnitud, que escapa a las posibilidades de esta breve reflexión otorgar todas las pruebas en este artículo, aunque está disponible en el sitio web. Sin embargo, podemos identificar la principal de todas las herejías de este fatídico evento revolucionario: “Fuera de la iglesia sí hay salvación” . Esta sentencia (condenada por múltiples declaraciones papales ex cathedra, es decir, infalibles) fue la piedra angular de la herejía del Vaticano II y de ella se desprendieron fácilmente muchas otras. Se expandieron por el que dejó de ser el mundo católico, con la rapidez que la ponzoña de una cascabel avanza por el torrente sanguíneo de su víctima. ¡Cuántas almas se intoxicaron de ese veneno de satanás! ¡Y cuántas ovejas se separaron del rebaño para siempre!

Aceptada esa herejía, fácilmente fue aceptado el ecumenismo: ese supermercado gnóstico de religiones corruptas por las cuales, insolentemente, se proclama que ha de hallarse el camino al cielo. No es difícil encontrar en los seglares y más aún, entre los “sacerdotes y obispos”, quienes, en consecuencia, niegan la divinidad de Cristo, la infalibilidad papal, la indefectibilidad de la Tradición y de la Revelación y, en fin, todo cuanto hay de verdadero reemplazándolos por la mentira despiadada, por la herejía infame.

La iglesia es otro Cristo

“Christianus alter Christus”, los cristianos son otros Cristos, enseña la iglesia. Lo que se aplica a la vida del Salvador, se aplica ―pese a la inconmensurable desproporción― a cada uno de los cristianos fieles. Cada uno de ellos, desde el primero hasta el último cristiano de la historia, invariablemente será perseguido sin causa justificada, por los adversarios milenarios del Verbo: esa raza de hijos de las tinieblas que llenan sus corazones y puños de odio a la Verdad y a quienes la propaguen. Así, el profesor universitario que se atreva a defender un principio católico durante una clase, será denunciado por sus alumnos por intolerancia religiosa y probablemente perderá su empleo; el estudiante valiente que no asista a un espectáculo inmoral, será “excomulgado” del grupo de estudio que otrora le sonreía y ofrecía una promisoria red de contactos; la madre católica que se niegue a participar de las frivolidades de su círculo de “amigas”, irá gradualmente quedando sola. De ella se dirán calumnias, mentiras infundadas, inspiradas por la antigua serpiente; se dirá que ella ahora pertenece a una secta y que ahí le prohibieron vestirse “a la moda” o conversar “de forma abierta”. El ostracismo, la soledad, el desprecio y la guerra a muerte, espera a cada uno de los cristianos que reconocen al Divino Maestro y que enfrentan al príncipe de este siglo, el demonio.

Bajo un cierto punto de vista, podríamos afirmar, por extensión, que el mismo principio se aplica a la Santa Iglesia Católica, es decir, al conjunto de los fieles: aquellos bautizados que obedecen al sucesor de San Pedro y que guardan la fe íntegramente. Podríamos afirmar que “la iglesia es otro Cristo”.

El Concilio Vaticano II fue una parodia de la pasión de Nuestro Señor

La herencia maldita que profirió las calumnias contra Nuestro Señor, las profirió luego desde la basílica de San Pedro, en el Vaticano, al celebrarse dicho conciliábulo: “la iglesia se equivocó”, “la iglesia fue instrumento del mal” e incluso, “la iglesia pecó” (¡!). ¡Cuán falsas y atrevidas blasfemias se levantaron contra el Cordero de Dios y cuántas, desde los asientos del Concilio, se levantaron contra su Iglesia, su cuerpo místico!

La promulgación universal del Concilio Vaticano II hace con que la situación de la Iglesia sea análoga al trágico paso del santísimo Cordero de Dios por el patíbulo. La vía dolorosa parece repetirse, como si la repulsiva serpiente hiciera una parodia teatral de la pasión de Nuestro Señor, conduciendo a su Iglesia, su cuerpo místico, por una nueva vía dolorosa, llena de aflicciones. Parodia insolente: ¿de qué serviría su sangre preciosísima si los miembros de su iglesia se corrompen con las nuevas doctrinas? ¿No es esto una afrenta al sacrificio del Divino Salvador?

Tres personajes de la pasión de Nuestro Señor y de su cuerpo místico

Nos detendremos en tres personajes que en la nueva pasión, también están presentes: los fariseos acusadores, el juez que se lava las manos y el verdugo.

Los nuevos fariseos

La obra del demonio avanzó tanto en los últimos siglos, que, a diferencia de épocas anteriores, los enemigos de la iglesia ya no se encontraban “extra-muros”. El Papa San Pío X lo denunció así en su encíclica Pascendi, alertando a los católicos respecto al nuevo enemigo: el laico y el clérigo modernista. La ciudad de Cristo ahora tenía los enemigos dentro, haciendo más difícil la situación para los fieles. De esta manera, las principales herejías se propagaban ahora desde el “seno” de la iglesia, desde el púlpito o desde la sede obispal. Y comenzaron a proferir las calumnias contra la Iglesia, como fariseos acusadores.

Ayer, los fariseos acusaron a Nuestro Señor, aullando como un lobo furioso: “¡Él mintió!”. Hoy, los nuevos fariseos proclaman sin vergüenza: “la iglesia mintió”. Ayer fue “Él no es Dios”, hoy es “la Iglesia católica no es la Iglesia de Cristo”. Ayer, “Él no es el Salvador”; hoy, “fuera de la iglesia sí hay salvación”.

En el Concilio, fueron los príncipes de la Iglesia los acusadores, cuales nuevos fariseos mal intencionados. Acusaron a la iglesia de estar obsoleta, de no actualizarse, de necesitar un “aggiornamento”, de no haber acogido a los “hermanos judíos” y protestantes, de ser la culpable de haber alejado a los “hermanos separados”…

Los teólogos Ratzinger, Hans Küng, Rahner, Danielou, de Lubac, Schillebeeckx, y cuántos otros hicieron suya la calumnia farisaica. Sin la proclama anticristiana de estos nuevos fariseos, pocas fuerzas habría tenido la hueste de Lucifer para avanzar y promulgar el Concilio.

El juez que lava sus manos pudo detener la Pasión

Más que por su cargo o poder temporal, el personaje del juez es especialmente relevante porque en esas manos estuvo la posibilidad real de liberar a la Víctima de la turba diabólica. Esa posibilidad concreta de actuar para detener a los acusadores endemoniados, es la característica esencial del juez que lava sus manos.

¿En manos de quién estuvo la posibilidad de detener el Concilio? En manos de los obispos como De Castro Mayer, Sigaud, Ottaviani, Lefevbre, y muchos otros que eran conocidos como “conservadores”. ¿Qué hicieron para detener la pasión del cuerpo místico de Cristo? Nada. Todos ellos, al final, dieron su firma de aprobación al fatídico Vaticano II. No hicieron nada heroico que la historia haya consignado. Sólo aplicaron el principio sofista de “ceder para no perder”, ceder cuando se trata de Cristo, avanzar cuando se trata de su honra o intereses personales.

¿Qué hicieron aquellos que pudieron detener la flagelación? El silencio de sus sepulturas parece responder en este momento trágico, varias décadas después.

El verdugo

Y ahí estaba el verdugo, el hombre que debía herir la carne inocente del Cordero. Esperando a su víctima con la frialdad propia de un asesino.

Es sabido que aquellos hombres que tuvieron en sus manos la tarea más execrable de la historia, es decir, los verdugos que azotaron el cuerpo adorable de Jesús, tuvieron que cubrir sus ojos con una venda. Observar el cuerpo sacratísimo de la Santísima Víctima, herido, ver la carne inocente hecha todo una llaga, les resultaba humanamente insoportable.

Como un nuevo verdugo de Cristo, Pablo VI, el supuesto “Papa” que desarrolló y terminó el Concilio, flageló el cuerpo sacratísimo de Nuestro Señor, pero ahora, la carne despedazada, era de su cuerpo místico, la iglesia. No cubrió sus ojos, el nuevo verdugo de Cristo: no había en él, arrepentimiento ni remordimiento alguno. La vista del cuerpo del Divino Maestro, herido, le producía la falsa felicidad pasajera que los demonios sienten cuando triunfan sobre un alma en su afán de perdición. El nuevo verdugo, el cardenal Giovanni Battista Montini, llamado Pablo VI, tomó entre sus manos el flagelo de la herejía y la apostasía y desató la furia de Lucifer sobre su víctima adorable, en esta nueva pasión: sin piedad, sin escrúpulo alguno.

Cada una de las actas conciliares se clavaba, dolorosamente, como una nueva espina en la cabeza de la iglesia.

Cada paso del conciliábulo del infierno, llevó al cuerpo místico de Cristo a un sufrimiento aun mayor que el anterior. La similitud con la primera pasión de Cristo es evidente.

Oración para pedir a Nuestra Señora el espíritu católico en la era post-conciliar

¡Oh Virgen Dolorosa! ¡Oh Madre de la Iglesia! Ten en consideración la miseria de este siervo y especialmente, su debilidad y pecado, y ayudadme. Libradme de ser un nuevo fariseo y en consecuencia, de levantar contra la Iglesia de Cristo, una nueva calumnia, como tantas ha recibido vuestro amado Hijo de los príncipes de la Iglesia, los obispos traidores.

Libradme de perder la santa fe que, por una predilección misteriosa, en este gusano infiel, suscitaste.

No permitas que las consignas heréticas del Vaticano II siquiera rocen mi alma. Si me volviera un hereje, me uniría a los verdugos que dilaceran el cuerpo místico de Cristo con toda clase de propaganda anticristiana. ¡El sólo hecho de imaginarme de pie contra Dios, me hace temblar de horror!

En esta hora de tinieblas, en la cual todo parece perdido, dame la certeza de que el triunfo vendrá luego, como al tercer día vino la resurrección. A pesar de la sonrisa sarcástica de los incrédulos, a pesar de que todo parece perdido, dame la certeza de la restauración total de la iglesia católica, cual cuerpo glorioso, cuya herencia será el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo sobre las naciones.

Pon en mi corazón decaído por la infidelidad, el valor de San José de Arimatea, para que llegada la hora de defender a la iglesia de sus perseguidores, no lave mis manos en un acto de indiferencia apóstata, sino que me levante con todas mis fuerzas, que son las que vos me dais, en un acto de fidelidad militante para darlo todo, absolutamente todo, por la gloria del cuerpo místico de Cristo, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, fuera de la cual, no hay absolutamente ninguna salvación. Amén.

Notas:

(1) Papa San León IX, 2 de septiembre de 1053: “La Santa Iglesia edificada sobre la piedra, esto es, sobre Cristo, y sobre Pedro (…) porque en modo alguno había de ser vencida por las puertas del infierno, es decir, por las disputas de los herejes, que seducen a los vanos para su ruina”/Santo Tomás de Aquino (1262 d.C.): “La sabiduría pueda llenar los corazones de los fieles, y silenciar la terrible insensatez de los herejes, adecuadamente representados como las puertas del infierno”.

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